jueves, 2 de abril de 2015

CAPITULO 1 (Diana)

                 Han pasado años desde que trabajo para Natasha, la mujer que me mató. Lo bueno de estar muerta es que no envejeces y no sientes nada como solías hacerlo, todo lo que en un pasado te hacía daño ahora ya no, lo malo es que los recuerdos te persiguen. No volví a saber nada de mi hermana, supongo que la mataron. De mi madre si sabia, habia muerto hace poco, no me dolía, no sentía. Ahora me limito a cumplir los encargos de Natasha, y cuando puedo me voy a ver mundo.
                   Ya no recuerdo lo que era sentirse viva, sentir, amar...ni siquiera sabia los años que tenia, ya que ese detalle deja de importarte. Solo se que me llamo Diana porque Natasha me llama así. 
                    Me encuentro en mi casa, o más bien la casa que ella me compró para tenerme cerca, cuando suena el teléfono. 
                  -¿Si?
                  -Diana ven.
                  Era Natasha, siempre se dirigía a mi con ordenes. Me visto y salgo de casa. al llegar a la suya, toco al timbre y me habla una voz metálica.
                  -Buenos Días ¿Quién es?
                  -Diana.
                  -Pasa.
                  La casa de Natasha estaba rodeada de numerosos jardines preciosos, las paredes brillaban con el reflejo del sol. Todo en ella era dulce precioso y delicado. Todo, excepto su dueña. Al entrar me reciben unos hombres trajeados, que me conducen a su despacho. Mientras espero evito mirar los millones de libros que están depositados en las estanterías, ya que si lo hago me traerán recuerdos dolorosos que no necesito.
                  -Hola diana- dice Natasha mientras se sienta-llegas tarde.
                  -Perdóneme señora
                  -No importa- pero ambas sabemos que me lo hará pagar-Esta vez quiero que vayas a Grecia a por información.
                  -¿De que se trata?
                  - No te incumbe. Te acompañará Evan, Él sabe todo lo que hay que saber.
                  Ahí esta el precio a pagar. Evan es un tipo alto, atlético,fuerte y muy atractivo. Pero lo que no soporto es su enorme ego. Aveces me entran ganas de matarlo, y eso Natasha lo sabe perfectamente.
                   -Espero no ser inconveniente- su voz grave era sensual, pero estaba teñida de sorna e ironía.
                   -Para nada- digo sin volverme
                   - Os vais hoy mismo. Fuera.
                   Salgo del despacho sin molestarme si quiera en comprobar si Evan me sigue, puesto que se que lo hace.
                    -Bueno amor,¿donde tenemos que ir?
                    -Primero: vuelve a llamarme amor y te mato. Segundo: vamos a Grecia. Tercero: no me hables.
                    -Tu como siempre tan dulce como el limón.
                    - Tu tampoco has cambiado
                    -¿Debería?
                    -Ya lo creo que si.
                    -Ja, ja. Que graciosa.
                    -Lose.
                    Y, en silencio, nos dirigimos al aeropuerto. Llegamos tarde para coger el primer vuelo y como el segundo no salia hasta mañana Evan insistió en coger su jet privado, como no quería esperar accedí de mala gana. Se trataba de un avión no muy grande pintado de azul marino con tatuajes dorados. La verdad era que me encantaba, pero eso no pensaba decírselo a él, no necesitaba que le agrandaran el ego, así que callé. El vuelo fue tranquilo y me dormí. Desperté movida por las sacudidas del avión al aterrizar. Bajamos y cogimos un coche que Evan se encargó de elegir. De camino al hotel que nos había indicado Natasha, tuve la sensación de que nos seguían, pero deseché el pensamiento al comprobar que no era cierto. Al llegar al hotel, Evan insistió de coger solo una habitación, pero no le hice caso y me cogí una propia. Ya en la cama volví a tener la sensación de ser vigilada, Pero al estar tan cansada no salí a comprobarlo. Tremendo error.

miércoles, 25 de marzo de 2015

PRÓLOGO

              Estaba en la cafetería con mi hermana, cuando noté una mirada en la espalda. Me giré y vi a una extraña mujer de tez morena, melena larga y negra, y bastante delgada, pero lo que más me llamó la atención fue su mirada, que a través de unos ojos negros como el carbón, trasmitía frialdad y malicia. Al llegar a casa, nuestra madre nos saludó como hacia siempre, pero algo en su rostro se podía ver incertidumbre temor. Mientras cenábamos intenté averiguar que pasaba pero fue en vano, al final desistí y me fui a la cama.
              Me desperté cuando, sobre las tres de la madrugada, llamaron a la puerta. Al abrir me encontré cara acara con la mujer de la cafetería, algo me impulsó a cerrar la puerta, pero ella me lo impidió. Avanzó un paso y me cogió de la muñeca retorciéndomela en la espalda, haciéndome chillar de dolor. Mi madre y mi hermana aparecieron por el pasillo. Dos hombres que aparecieron de la nada cogieron a mi hermana. Yo le supliqué e imploré a mi madre que nos ayudará a mi hermana y a mi, pero ella se limitó a bajar la mirada y decir:
              -Lo siento.
                Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente, y las repetía una y otra vez incapaz de pensar en otra cosa que no fuera eso, hasta que un hombre me golpeó y perdí el sentido.
                Cuando desperté me hallaba en la esquina de una habitación. El suelo estaba rugoso y la pared era llana, desprovista de detalle alguno. La habitación tampoco tenia ningún mueble. No sé cuanto tiempo pasó con exactitud, hasta que la mujer apareció.
               -¿Donde está mi hermana?- pregunté intentando que mi voz sonase clara, aunque fallando estrepitosamente.
               -Eso es irrelevante. Lo que importa eres tu, o mejor dicho, lo que puedo hacer contigo.
               -¿Yo?
               -Si - se alejó unos cuentos pasos de mi y me miró a los ojos- te necesito, pero asi no me sirves.
               -¿Así como?
               -Viva.
               Dos hombres bien fornidos me cogieron de las muñecas. Me llevaron a una especie de acantilados donde, al fondo, había un río bravo lleno de rocas puntiagudas.
                -Bienvenida al oficio- me dijo la mujer.
                Y en ese instante me tiraron por él. Mientras caía, recordé a mi hermana, sus cortos cabellos rubios, sus ojos verdes pardos, sus mofletes colorados, y su carita de niña. Ella no merecía haber muerto, eres demasiado joven, demasiado dulce. En el ultimo momento antes de caer cerré los ojos. Al no notar el golpe abrí los ojos y vi que me encontraba en lo alto del acantilado junto a la mujer y los hombres.
                 -Eres mía- dijo la mujer mirándome a los ojos- para siempre.
<<Siempre>> esa palabra me hizo estremecer.
                  -¿Cómo es que estoy viva?
                  -No lo estás- me señaló abajo, y al mirar lo primero que vi fue algo que jamás imaginé que vería. Mi cadáver.