Estaba en la cafetería con mi hermana, cuando noté una mirada en la espalda. Me giré y vi a una extraña mujer de tez morena, melena larga y negra, y bastante delgada, pero lo que más me llamó la atención fue su mirada, que a través de unos ojos negros como el carbón, trasmitía frialdad y malicia. Al llegar a casa, nuestra madre nos saludó como hacia siempre, pero algo en su rostro se podía ver incertidumbre temor. Mientras cenábamos intenté averiguar que pasaba pero fue en vano, al final desistí y me fui a la cama.
Me desperté cuando, sobre las tres de la madrugada, llamaron a la puerta. Al abrir me encontré cara acara con la mujer de la cafetería, algo me impulsó a cerrar la puerta, pero ella me lo impidió. Avanzó un paso y me cogió de la muñeca retorciéndomela en la espalda, haciéndome chillar de dolor. Mi madre y mi hermana aparecieron por el pasillo. Dos hombres que aparecieron de la nada cogieron a mi hermana. Yo le supliqué e imploré a mi madre que nos ayudará a mi hermana y a mi, pero ella se limitó a bajar la mirada y decir:
-Lo siento.
Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente, y las repetía una y otra vez incapaz de pensar en otra cosa que no fuera eso, hasta que un hombre me golpeó y perdí el sentido.
Cuando desperté me hallaba en la esquina de una habitación. El suelo estaba rugoso y la pared era llana, desprovista de detalle alguno. La habitación tampoco tenia ningún mueble. No sé cuanto tiempo pasó con exactitud, hasta que la mujer apareció.
-¿Donde está mi hermana?- pregunté intentando que mi voz sonase clara, aunque fallando estrepitosamente.
-Eso es irrelevante. Lo que importa eres tu, o mejor dicho, lo que puedo hacer contigo.
-¿Yo?
-Si - se alejó unos cuentos pasos de mi y me miró a los ojos- te necesito, pero asi no me sirves.
-¿Así como?
-Viva.
Dos hombres bien fornidos me cogieron de las muñecas. Me llevaron a una especie de acantilados donde, al fondo, había un río bravo lleno de rocas puntiagudas.
-Bienvenida al oficio- me dijo la mujer.
Y en ese instante me tiraron por él. Mientras caía, recordé a mi hermana, sus cortos cabellos rubios, sus ojos verdes pardos, sus mofletes colorados, y su carita de niña. Ella no merecía haber muerto, eres demasiado joven, demasiado dulce. En el ultimo momento antes de caer cerré los ojos. Al no notar el golpe abrí los ojos y vi que me encontraba en lo alto del acantilado junto a la mujer y los hombres.
-Eres mía- dijo la mujer mirándome a los ojos- para siempre.
<<Siempre>> esa palabra me hizo estremecer.
-¿Cómo es que estoy viva?
-No lo estás- me señaló abajo, y al mirar lo primero que vi fue algo que jamás imaginé que vería. Mi cadáver.